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lunes, 20 de junio de 2011

CDLXXVIII. Pynchon.

Hay que halagar al cliente. Martín Fierro no es tan sólo el héroe gaucho de un gran poema épico argentino. En el submarino se le considera un santo anarquista. Hace años que el poema de Hernández figura en el pensamiento político argentin: cada cual lo ha interpertado a su manera, citándolo a menudo con la misma vehemencia con que los políticos de la Italia del Siglo XIX mencionaban I promessi sposi. La cosa se remonta a la vieja y básica polaridad de Argentina: Buenos Aires frente a las provincias o, según lo ve Felipe, gobierno central frente a anarquismo gaucho, del cual él se ha convertido en el principal teórico. Tiene uno de esos sombreros de ala redonda del que cuelgan bolitas y le ha dado por demorarse en las escotillas esperando a Graciela:
- Buenas noches, paloma mía. ¿No tienes un beso para el Gaucho Bakunin?
- Más bien te pareces al Gaucho Marx. (...).

Thomas Pynchon - El Arco Iris de la Gravedad.

lunes, 23 de agosto de 2010

CCCLXXIX. Pynchon.

Encontrarla, y luego ¿qué? Únicamente que el amor que pudiera haber para Stencil se había convertido en algo dirigido totalmente hacia dentro, hacia ese adquirido sentido de lo animado. Una vez encontrado, difícilmente podía soltarlo; era algo demasiado caro. Para mantenerlo tenía que perseguir a V. Pero, si la encontraba ¿Qué otro lugar habría que volver sino al retorno de la semiinconsciencia? Trató de no pensar en ningún punto final de la búsqueda. Aproximarse y evadirse.

Thomas Pynchon - V.

jueves, 8 de julio de 2010

CCCXLVIII. Pynchon.

En cambio, una erección se produce o no se produce. Existe o no existe. Binaria, elegante.

Thomas Pynchon - El arco iris de la gravedad.

sábado, 3 de abril de 2010

CCLXXXVI. Pynchon.

Doblaron a la izquierda, casi en dirección norte. El agua comenzó a volverse un poco más profunda. Entraban en el Fairing`s Parish (la parroquia de Fairing), que recibiía su nombre de un cura que había vivido alli encima hacía años. Durante la Depresión de los años treinta, en una hora de bienestar apocalíptico, decidió que las ratas iban a apoderarse de Nueva York tras la muerte de la ciudad. En jornadas de dieciocho horas recorría las colas de los que esperaban recibir un trozo de pan y las instituciones religiosas de caridad, en las que ofrecía consuelo y remendaba las almas hechas jirones. No prevía sino una ciudad de cuerpos muertos de inanición que cubrirían las aceras y el césped de los parques, despanzurrados en las fuentes, colgados de las farolas con el cuello roto. La ciudad -quizá América, pero en su horizonte no se extenída tan lejos- pretenecería a las ratas antes de que finalizara el año. Siendo así, el padre Fairing pensó que o mejor era que se diera a las ratas una buena oportunidad: su conversión a la Iglesia Romana. Una noche, a comienzos del primer mandato de Roosevelt, bajó por el primer hueo de alcantarilla levando consigo un Catecismo de Baltimore, su breviario y, por razones que nadie pudo averiguar, un ejemplar del Arte de la navegación moderna de Knight. Lo primero que hizo, según sus diarios (que fueron descubiertos meses después de su muerte) fue echar una bendición eterna y unos cuantos exorcismos sobre todas las aguas que discurrían por los albañales entre Lexington y el East River y entre las calles Ochenta y seis y Setenta y nueve. Esa es la zona que se convirtió en Fairing`s Parish. Las bendiciones aseguraban un adecuado suministro de agua bendita, y también eliminaban el problema de los bautismos individuales cuando finalmente hubiera convertido a todas las ratas de la parroquia. Esperaba asimismo que otras ratas tuvieran conocimiento de lo que estaba ocurriendo en la parte superior del East Side y acudieran a convertirse también. En poco tiempo, el padre Fairing se habría convertido en el jefe espiritual de los herederos de la tierra. Consideró un sacrificio suficientemente menguado por parte de los roedores, que le proveyeran diariamente con tres mienbros de su especie para su mantemimiento físico, a cambio del alimento espiritual que él les proporcionaba.

Thomas Pynchon - V.

sábado, 1 de agosto de 2009

CLXXXIX. Pynchon.

Proverbio para paranoicos 3: Si ellos logran que hagas las preguntas equivocadas, no tienen que preocuparse por las respuestas.

Thomas Pynchon – El arco iris de la Gravedad.