Erdosain cierra los ojos. Un perfume, que no puede discernir si es de nardo o de clavel, riega la atmósfera de un misterioso embalsamamiento de fiesta.
El cielo verdea a lo lejos, mientras que la poco elevada oscuridad envuelve aún los troncos de los árboles. Erdosain frunce el ceño. De su espíritu se desprende vapores de recuerdo, neblinas doradas, rieles brillantes que se pierden en el campo de una tarde abovedada de sol. Y el rostro de la criatura, una carita pálida, de ojos verdosos y rulos negros, escapando debajo de su sombrerito de paño, se eleva de la superfice de su espíritu.
El cielo verdea a lo lejos, mientras que la poco elevada oscuridad envuelve aún los troncos de los árboles. Erdosain frunce el ceño. De su espíritu se desprende vapores de recuerdo, neblinas doradas, rieles brillantes que se pierden en el campo de una tarde abovedada de sol. Y el rostro de la criatura, una carita pálida, de ojos verdosos y rulos negros, escapando debajo de su sombrerito de paño, se eleva de la superfice de su espíritu.
Roberto Artl - Los Siete Locos.
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