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miércoles, 9 de junio de 2010

CCCXXVII. Baudelaire.

LXXVII- SPLEEN

Yo soy como ese rey de aquel país lluvioso,
rico, pero impotente, joven, aunque achacoso,
que, despreciando halagos de sus cien concejales,
con sus perros se aburre y demás animales.
Nada puede alegrarle, ni cazar, ni su halcón,
ni su pueblo muriéndose enfrente del balcón.
La grotesca balada del bufón favorito
no distrae la frente de este enfermo maldito;
en cripta se convierte su lecho blasonado,
y las damas, que a cada príncipe hallan de agrado,
no saben ya encontrar qué vestido indiscreto
logrará una sonrisa del joven esqueleto.
el sabio que le acuña el oro no ha podido
extirpar de su ser el humor corrompido,
y en los baños de sangre que hacían los Romanos,
que a menudo recuerdan los viejos soberanos,
reavivar tal cadáver él tampoco ha sabido
pues tiene en vez de sangre verde agua del Olvido.

Charles Baudelaire - Las Flores del Mal.

lunes, 5 de abril de 2010

CCLXXXVII. Baudelaire.

LXVIII
TRISTEZAS DE LA LUNA

Esta noche la Luna sueña con más pereza;
como sobre cojinas tirada una belleza,
qe acariciando leve, con mano distrarída
de su seno el contorno, se va a quedar dormida.

Sobre el dorso de seda de los suaves nublados,
moribunda, se entrega a éxtasis prolongados,
y pasea sus ojos por las blancas visiones
que en el azul ascienden tal como floraciones.

Cuando sobre este mundo su languidez ociosa
deja caer alguna lágrima sigilosa,
un poeta piadoso, que no duerme en la tierra,

de su mano en el huecho esta lágrima fría
toma, fragmento de ópalo que al iris desafía,
y en su corazón, lejos del sol voraz la encierra.

Charles Baudelaraire - Las flores del mal.

viernes, 16 de enero de 2009

XC. Baudelaire

LA MUERTE DE LOS AMANTES

Tendremos un lecho de suaves olores,
divanes profundos como sepulturas,
y flores extrañas en aparadores,
para nos abiertas bajo albas más puras.

Su calor postrero usando a porfía,
serán dos antorchas nuestras corazones,
que reflejarán sus dobles hachones,
espejos gemelos, en tu alma y la mía.

Hecha de azul místico y rosa, una tarde,
cambiaremos ese relámpago que arde
cargado de adioses, cual largo sollozo;

y después un Ángel, abriendo las puertas,
vendrá a reanimar, fiel y jubiloso,
los espejos turbios y las llamas muertas.

Charles Baudelaire - Las flores del mal.