Había oscurecido, y mientras nos deslizábamos bajo un pequeño puente, pasé mi brazo en torno a la bronceada espalda de Jordan, la atraje hacia mí y la invité a cenar. De repente, no pensé ya en Daisy y en Gatsby, sino en aquella recatada, arisca y limitada personilla que repartía un escepticismo universal y se apoyaba garbosamente en el círculo de mi abrazo. En mis oídos empezó a latir una frase, con una especie de impetuosa excitación: «Sólo existen los perseguidos, los perseguidores, los ocupados y los ociosos...»
F. Scott Fitzgerald - El Gran Gatsby.
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