A los cinco o seis años se dio cuenta de que su padre no pintaba el mismo cuadro año tras año.
Era el motivo el que nunca cambiaba.
Pintaba un paisaje melancólico de otoño, con un lago como un espejo, un árbol torcido con ramas sin hojas en primer plano y a lo lejos cadenas montañosas envueltas en nubes, que reflejaban colores irreales creados por el sol vespertino.
De vez en cuado añadía un urogallo sentado en un tronco de la parte exterior izquierda del cuadro.
Henning Mankell - Asesinos sin rostro.