Mostrando entradas con la etiqueta Levrero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Levrero. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de febrero de 2011

CDLIII. Levrero.

Carmody lanzó una maldición y sumó nerviosamente la bocina de su coche al coro de bocinas que, como un lamento y un reclamo, se elevaba en un amplio radio -apenas una descarga nerviosa por completo inútil, ya que no atudaba a desatascar la aglomeración y, por otra parte, el sistema nervioso era realimentado nuevamente en sus tensiones con una carga aun más potente, al comprobar que la situación seguía incambiada y al recibir la descarga agresiva de todos los otros conductores.

Mario Levrero - La Banda del Ciempiés.

jueves, 16 de diciembre de 2010

CDXLII. Levrero.

No había dormido mucho; el sol no había avanzado un trecho muy grande cuando llegué a la estación de ferrocarril. La divisé, primero, desde muy lejos. Era enorme, gris, con forma de iglesia.
Al acercarme, observé que era un edificio de hierrro y de piedras; más que un edificio, parecía ser, en realidad, un enorme techo puntiagudo, apoyado de tanto en tanto en grandes y hermosas columnas metálicas. Estas columnas, lo mismo que el techo, estaba formadas por innumerables piezas pequeñas, atornilladas entre sí.
Bajo el techo -cuya armazón estaba buerta sólo en los bordes, por chapas enormes, acanaladas, pintadas de gris- había varias terminales de los que partían cantidad de vías, pares todos los paralelos entre sí, recíen a lo lejos se veía cómo se iba separando y tomando distintas direcciones, abiertos en abanico.
También cubiertos por el techo, pero bajo las chapas acanaladas, había numerosos edificios de piedra, seguramente oficinas.

Mario Levrero - La ciudad.

jueves, 7 de octubre de 2010

CDXII. Levrero.

Domingo 10, 05.10

Se me ocurrió pensar que si esta gente busca entender una obra de arte, es porque cree entender el Universo. Lo cual es verdaderamente patético. Si no creyeran entender el Universo, ¿por qué le exigirían explicaciones a una de sus partes? Esto se puede expresar de otra manera: ¿desde qué referencia de entendimiento, con qué parámetros, se quiere entender una obra de arte? ¿Cuál es el modelo perfectamente inteligible con el que compararla?

Mario Levrero - La Novela Luminosa.

sábado, 20 de marzo de 2010

CCLXXVII. Levrero.

Ella se abrió el tapado, y lo volvió a cerrar en una fracción de segundo, pero alcancé a ver bien las tetas más espléndidas que ojo humano haya contemplado alguna vez en este planeta.

Mario Levrero - Dejen todo en mis manos.

miércoles, 14 de octubre de 2009

CCXXII. Levrero.

- Acuérdese, joven: hay dos infinitos - dijo, subrayando cada concepto con un enérgico movimiento del índice izquierdo, como dirigiendo una orquesta -; infinito muy grande, infinito muy pequeño, usted en el medio; y dentro suyo, otros infinitos. Cada átomo cuerpo, pequeño planeta. No desalentar por cosas que pasan; vida continúa. Vida igual a mosquita curiosa, revolotea todos lados y mete nariz en todo. A veces mosquieta cae en telaraá. Eso bueno. Naturaleza. Ley. No bueno caer en telaraña propia.

Mario Levrero - Dejen todo en mis manos.

viernes, 4 de septiembre de 2009

CCV. Levrero.

Luego le pregunté si creía que era posible salir de allí.
Repitió su tic con los hombros.
- ¿Para qué? – Preguntó a su vez.

Mario Levrero - El Lugar.

jueves, 21 de mayo de 2009

CLV. Levrero.

Sucede que ves las cosas desde tu punto de vista, y cuando crees que algo es de una manera determinad no puedes admitir que, en la realidad, pueda ser de otro modo. - Volvió a adoptar esa expresión de profunda sinceridad, mirándome a los ojos-. Ves, por ejemplo, ese árbol y estás convencido de que el viento trajo una semilla y allí creció, y que el año pasado estaba allí, y el anterior, y que siempre estuvo allí ese árbol. No se te puede ocurrir que, por ejemplo, pueda alguien haberlo trasplantado, porque no te parece lógico que alguien se tome el trabajo de trasplantar un árbol común, como hay tantos, hasta este sitio, donde en apariencia, no cumple ninguna función, donde nadie repararía en él, ni podría distinguirlo de los otros árboles que crecen en gran cantidad cerca de la carretera. Pero, sin embargo, alguna función cumple el árbol ya ves que me ha servido para explicarte cómo puedes estar equivocado en tu manera de pensar. Este hecho, ¿no justificaría que alguien (yo misma, por ejemplo, de haber tenido oportunidad) se tomara el trabajo de trasplantarlo a ese lugar? ¿Y cómo puedes saber si he tenido o no oportunidad de hacerlo?

Mario Levrero - La ciudad.