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lunes, 2 de agosto de 2010

CCCLXIV. Fontanarrosa.

Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.
Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento...” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.

Roberto Fontanarrosa - "Puto el que lee esto".

lunes, 20 de octubre de 2008

XLIV. Fontanarrosa

“Una palabra maravillosa que en otros países está exenta de culpas: “carajo”, que designa en otras latitudes el lugar en donde se coloca el vigía en una embarcación, el nombre de un grupo de islas y una bebida española a base de café y coñac. Hay quienes en el colmo del eufemismo, de una hipocresía absoluta usan “caracho”.

Roberto Fontanarrosa

Parte 1:



Parte 2: