El gato ya no era joven, y además era paticojo. Matriona lo había recogido por lástima y luego él se había hecho a la casa. Aunque andaba sobre las cuatro patas, le aquejaba una fuerte cojera. Al tener lastimada una de las patas la resguardaba, y cuando saltaba al suelo desde la estufa, no se posaba con ese sonido felino, amortiguado, tan propio de los gatos, sino dando un golpe seco con las tres patas al mismo tiempo: «¡Paf!». Tan seco era el porrazo que me sobresaltaba y me costó acostumbrarme. Era porque caía sobre tres patas a la vez para protegerse la cuarta.
Alexandr Solzhenitsyn - La Casa de Matriona.
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