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miércoles, 13 de abril de 2011

CDLIV. Calvino.

(Empezar: Eres tú la que lo ha dicho, Lectora. Pero ¿cómo fijar el momento exacto en que empieza una historia? Todo ha empezado siempre ya antes, la primera línea de la primera página de toda novela remita a algo que ha sucedido ya fuera del libro. O bien la verdadera historia es la que empieza diez o cien páginas más adelante y todo lo que precede es sólo un prólogo. Las vidas de los individuos de la especie humana forman una maraña continua, en la cual todo intento de aislar un trozo de lo vivido que tenga sentido por serparado del resto -por ejemplo, el encuentro de dos personas que resultará decisivo para ambas- debe tener en cuenta que cada una de las dos lleva consigo un tejido de hechos, ambientes, otras personas, y que del encuentro se derivarán a su vez otras historias que se separarán de su historia común.)

Italo Calvino - Si una noche de Invierno un Viajero.

martes, 22 de marzo de 2011

CDXLVI. Calvino.

...observar con un poco de aprensión el número de páginas, la vastedad de los capítulos, después entrar en ellos: un poco reticente al principio, sin ganas de hacer el primer esfuerzo de recordar los nombres, de seguir el hilo de la historia, después confiar en ellos, deslizándose por los renglones, atravesando el enrejado de la página uniforme, y más allá de los caracteres de plomo aparecía entonces la llama y el fuego de la batalla y la bala silbando en el cielo...

Italo Calvino - La aventura de un lector.

martes, 14 de diciembre de 2010

CDXLI. Calvino.

Entonces, dondequiera que fuésemos, siempre teníamos ramas y frondas entre nosotros y el cielo. La única zona de vegetación más baja eran los limonares, pero incluso en medio se elevaban retorcidas las higueras, que más arriba llenaba todo el cielo de los huertos, con las cúpulas de su pesado follaje, y si no eran higueras eran cerezos de oscuras frondas, o bien tiernos membrilleros, meloconotoneros, almendors, jóvenes perales, pródigos ciruelos, y aún serbales, algarrobos, cuando no era una morera o un añoso nogal. Acabados los huertos, comenzaba el olvidar, gris plateado, una nuebe deshilachada a media cuesta. Al fondo estaba el pueblo amontonado, entre el puerto más abajo y la roca arriba; y también allí, entre los tejados, un continuo despuntar de copas de árboles: acebos, plátanos, incluso robles, una vegtación más despegada y altiva que se deshogaba -con un ordenado desahogo- en la zona donde los nobles habían construido las villas y rodeado con verjas sus parques.
Sobre los olivs empezaba el bosque. Los pinos debia de haber reinado un tiempo sobre toda la comarca, proque todavía se infiltraban en llanos y matorrales, por las pendientes hasta la playa, y lo mismo los alereces. Los robles era más frecuentes y los espesos de lo que hoy parece, porque fueron la primera y más preciada víctima del hacha. Más arriba los pinos cedían a las castaños, el bosque subía por la montaña, y no se le veían límties. Este era el universo de sabia dentro del cual vivíamos nosotros.

Ítalo Calvino - El Barón Rampante.