- Ya lo ves, Vania. No puedo mirar -dijo, después de un silencio lleno de tristeza, que duró largo rato- a estas inocentes criaturas, tiritando de frío en el arroyo por culpa de sus malditos padres. Aunque, bien mirado, ¿qué madre podría enviar una nena como ésta a tal horror, si no fuera ella misma una desgraciada? Probablemente, allá, en su tugurio, tendrá otros hermanitos y ésa será la mayorcita; quizá esté la pobre mujer enferma o sea una vieja, y... ¡Hum!, éstos no son hijos de príncipes. Los hay de sobra en el mundo, Vania; no son hijos de príncipes. ¡Hum!
Fedor Dostoievski - Humillados y Ofendidos.